Por: Edier Mendoza Vanegas
26 de abril de 2025
En tiempos de confusión ética, relativismo moral e inestabilidad institucional, urge regresar a las ideas conservadoras. No al conservatismo partidista como simple maquinaria electoral, sino a su raíz filosófica y moral: una visión del mundo anclada en la dignidad de la vida, la centralidad de la familia y el valor de la libertad responsable.
Esta propuesta no pretende imponer un credo, sino recordar que los principios cristianos —el respeto por la vida desde la concepción, la defensa del matrimonio natural, el pudor, el trabajo honesto y la fe— fueron por décadas el fundamento silencioso de la cohesión social. Hoy, muchos de esos pilares están bajo ataque, y el resultado es una sociedad fragmentada, hipersexualizada y cada vez más hostil a la virtud.
Volver a las ideas conservadoras es, en esencia, reivindicar los postulados de Álvaro Gómez Hurtado: un conservadurismo de corte libertario que reconoce la autonomía del individuo, pero siempre en armonía con una ética superior. También es reconocer el legado de Edmund Burke, quien defendió una sociedad ordenada, prudente, respetuosa de sus instituciones y consciente de los límites del poder humano. Es también recuperar una estética de pudor y dignidad, donde el vestir de una mujer reflejaba decoro sin llegar al extremo de parecer una monja. Que puedan verse bonitas, arregladas, pero sin necesidad de mostrar su cuerpo.
Vivimos una época donde todo ha sido sexualizado. El derecho a la vida, desde la concepción, no debería admitir excusas. Ese discurso de las "tres causales" del aborto es inaceptable:
Una violación.
El peligro de muerte para la madre.
Que el bebé nazca con malformaciones o defectos.
Abren la puerta a una deshumanización preocupante. El valor de la vida no puede depender de circunstancias. Acabar con una vida por nacer por considerarla “imperfecta” es una postura que recuerda los peores momentos del totalitarismo del siglo XX. Lo mismo ocurre con la eutanasia: es necesario apelar a la esperanza, la ciencia y la fe, no a la eliminación del sufriente.
También es hora de mirar hacia el campo. El país necesita una política agraria basada en la protección de la propiedad privada, la promoción de la agroindustria y la seguridad rural. No es viable hablar de seguridad alimentaria sin combatir frontalmente la violencia de grupos armados que hoy amenazan nuevamente al campesinado. Sin orden, no hay desarrollo.
En el plano internacional, el Tratado de Escazú y otros instrumentos globalistas deben irse a la basura. No se puede permitir que agendas externas —como la ideología de género promovida por la ONU— interfieran en nuestra educación. Es hora de reivindicar valores como la virginidad antes del matrimonio, la decencia en el vestir y el respeto por la diferencia, sin caer en discursos impuestos.
El conservadurismo no debe temer a la economía abierta. Necesitamos promover la libre competencia, facilitar la inversión extranjera, y explotar nuestros recursos naturales —petróleo, minería, fracking— de manera responsable, pero sin dogmas ambientales que impidan el progreso nacional.
Regresar a las ideas conservadoras no es retroceder: es reencontrarse con un camino de orden, libertad y trascendencia que ofrece una respuesta firme ante el relativismo y la crisis civilizatoria de nuestro tiempo.